viernes, 13 de octubre de 2017

DESDE LA SERRANÍA DE ATIENZA, AL NUEVO CONTINENTE Buscando la fortuna. Serranos camino de América




DESDE LA SERRANÍA DE ATIENZA, AL NUEVO CONTINENTE
Buscando la fortuna. Serranos camino de América


   Aunque nos parezca extraño, por las circunstancias la distancia y, mucho más al conocer la realidad actual de la Serranía de Atienza, o de Guadalajara, dentro de la árida Castilla y alejada del mar, muchas fueron las personas que a partir del descubrimiento de América decidieron iniciar nueva vida por aquél continente.

   Ya vimos con anterioridad la forma en la que algunos hijos de Atienza, y de pueblos vecinos, se prepararon para viajar a aquellas nuevas tierras; en esta ocasión seguiremos los pasos de algunos de nuestros vecinos de la comarca.

Francisco de Rueda, natural de Miedes, hizo fortuna en las minas de Ayuteco


   Entre ellos los de Pedro Lozano, apellido ligado a la agricultura y la ganadería de esta tierra, natural de Campisábalos y perteneciente a una de esas ramas familiares que desde la Edad Media ha llegado prácticamente a nuestros días. Los Lozano, que se extendieron por toda la Serranía hasta asentarse en Atienza y dar a la historia unos cuantos hombres célebres. Entre ellos el de don Antolín, que murió Obispo de Salamanca, o doña Brígida, última mecenas del desaparecido convento atencino de San Francisco.

   El expediente para el viaje, en unión de uno de sus criados, Pedro Alonso, natural del vecino pueblecito de Cañamares, hijo de Pedro Alonso y Catalina de Ujados, se autorizó el 21 de junio de 1622. El destino era la Nueva España.

   Tenía Pedro Lozano, hijo de Francisco Lozano y Teresa de Alcolea, veintitrés años de edad. Mediano de cuerpo, barbinegro, con un lunar en el carrillo izquierdo…

   Las señas de identidad, a falta de fotografía que testimoniase su aspecto físico era, prácticamente, una necesidad. No había otra forma de reconocer a la persona, o si la había, resultaba harto compleja.

 
Pedro Lozano marchó, con sus criados, desde Campisábalos

   Familiares tenía en Miedes, entonces de Pela y hoy de Atienza, en donde se llevó a cabo la información testifical para probar que era persona de buenas costumbres y, por supuesto de familia con cierta hidalguía en antecedentes y apellidos.

   Ninguno de los dos, ni Pedro Lozano ni su criado eran casados, ni estaban entre las personas que tenían prohibido el viaje… Ya que para viajar se refería a los solteros sobre los casados. Formaba parte de la esperanza de unión física entre ambos Continentes.

   El informe es extenso, e interesante:
   En la villa de Miedes, que es del Príncipe de Mélito, duque de Pastrana, en el obispado de Sigüenza y provincia de Guadalajara… El documento se dicta ante don Julián Recacha, entonces alcalde ordinario de la dicha villa, siendo el escribano Pablo Trujillo Peñaranda. Apellidos, como vemos, serranos de los de toda la historia.

   Declara nuestro Pedro ser, como ya dijimos, mozo soltero y por casar, de sangre limpia, y con buenos antecedentes familiares.

   Embarcó camino de Nueva España en Cádiz en el mes de octubre de aquel año de 1622, sin que de él se volviesen a tener noticias documentales.

   Baltasar Agunde, vecino de Tamajón, también llevó a cabo el largo viaje hacía el Nuevo Mundo; en este caso con destino a Perú en 1593, reclamado en aquella tierra por un tío suyo. Se le dio autorización para viajar con su esposa, Ana Moreno, también vecina de Tamajón, el 2 de abril de aquel año. Se les dio licencia para permanecer en aquel nuevo territorio por espacio de seis años, a cuyo término debían regresar o solicitar nueva autorización. Su destino se nos perdió en el tiempo, siendo más que probable que allá terminasen sus días.

 
Gregorio García dejó Tamajón para asentarse en Puebla de los Ángeles

   A Santo Domingo, en 1536, marchó Bernardino Ximénez, hijo de Bernardino Ximénez y Francisca Jiménez, vecino de Beleña de Sorbe. Y a Nueva España, concretamente a las minas de Ayuteco, donde encontró la muerte, viajó poco más adelante otro vecino de Miedes de Atienza, Francisco de Rueda, hijo de Juan López de Rueda y de Catalina de Aguilera.

   Francisco de Rueda, quien falleció en 1551, llegó a hacer cierta fortuna en plata en aquellas minas, ya que se conserva su testamento, en el que hace diferentes legados a quienes le acompañaban en aquella nueva tierra, dejando lo remanente para su madre. Que quedó en nuestra tierra.

   Entre los bienes dejados, y que hicieron el camino desde Ayuteco hasta Miedes, se encontraba un cofre de plancha de plata con varios marcos, de plata también; una capa negra sin guarnición; unas calzas negras nuevas; un espejo de los de la tierra; un jarro de los de palo de la tierra; un crucifijo de cobre; dos pares de zapatos de cuero; una vaina con dos cuchillos; once panes de jabón; un libro de doctrina cristiana; varias monturas de caballos; riendas, espuelas, cinchas… seis camisas de lienzo; dos espadas de esgrima; unas alforjas; un sombrero de fieltro; un caballo alazán; un esclavo llamado Tomás… Que también los esclavos, como la tierra, formaban parte del patrimonio. Un patrimonio, el de los esclavos, que comienza cuando el hombre se dio cuenta de que podía dominar a otros hombres. En la noche de los tiempos, comienza.

   Gregorio García de Lezcano también era natural de Tamajón, marchó a Puebla de Los Ángeles, donde encontró la muerte en 1627, dejando por heredera a su tía Ana de Lezcano, vecina de Madrid, a quien encargó que con sus bienes fundase en Tamajón una capellanía de misas. Que su tía, cumpliendo el mandato, fundó.

   Juan y Diego de Ortega, tío y sobrino, naturales de La Toba, se encontraban en el Nuevo Reino de Granada (la actual Colombia), en 1578, año en el que falleció Juan de Ortega nombrando testamentario y heredero a su sobrino Diego, quien falleció poco tiempo después y quien a su vez nombró herederos de los bienes propios y de los heredados a una hija natural, Catalina de Ortega.

De Cañamares, hacía Nueva España, salió Pedro Alonso.


   Lo heredado llevaba, entre otras condiciones, las de asistir a la redención de cautivos; la crianza de un tal José de Ortega, hijo de una criolla y de uno de los capitanes que conquistó aquel reino, Juan de Pineda; fundar una capellanía en Sevilla y su monasterio de San Pablo; una capellanía de misas en Nueva Granada, otra en Guadalupe, de Cáceres…

   Por último, un vecino de Hijes, Juan Leal, fraile mercedario, marchó a Perú con Gabriel de Soro, quien llegó a ser Vicario general en aquella tierra, en 1709.  Por aquellas pasó la mayor parte de su vida, tenía 35 años cuando se embarcó, predicando la religión, según recogen los libros de la orden.

   Serranos que, como quien más y quien menos, buscaron la fortuna donde la podía encontrar. Hermanándose con una tierra que, para bien o para mal, forma parte de la sangre española, o guadalajareña, que nos corre por las venas.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, Guadalajara, viernes 13 de octubre 2017